Tengo los pies fríos. Creo que la hierba me está absorbiendo. Grandes raíces nacen de la tierra húmeda y me agarran de los tobillos, me aprietan, me hunden. Suben por la pantorrilla hasta llegar a la boca. Aprieto los dientes y cierro los ojos. No quiero que entren. Si desaparezco sin dejar rastro las raíces no podrán encontrarme. Quiero convertirme en humo. Imagino el mar en calma. Oscuro. Gélido. Muerto. A lo lejos oigo la tierra bramar. Me digo a mí misma que si me zambullo me perderé en él y así las raíces no me alcanzarán. Abro la boca bajo el agua y se me llenan los pulmones. Ardo. La sal escuece en las entrañas. Creo que estoy llorando. No me puedo mover. El frío de los pies me alcanza los ojos. Estoy en el vacío absoluto. Cuando estoy a punto de desvanecerme siento que el mar empieza a drenarse. Respiro fuego. Cierro tan fuerte los ojos que creo que de ellos brota sangre. Quiero que las lágrimas me surquen las mejillas y caigan al suelo como si fueran semillas y que de ellas nazcan girasoles. Altos, tan altos que rocen el cielo. Que se conviertan en sol, luz, guía. Me imagino a los girasoles a mi alrededor y me siento pequeña. Me hago un ovillo y me quedo allí, esperando algo que sé que nunca llegará. 
solo soy un recuerdo triste y retorcido intentando sobrevivir. emergo entre patadas, a trompicones, para luego volver a ahogarme en el vacío. dime, ¿me recuerdas? tengo miedo de caer en el olvido, de perderme en mi propia bilis mientras me sigo hundiendo. estoy desapareciendo entre el vaho de aquel último gemido. no me reconozco. me miro al espejo y solo veo un borrón, una mancha. la nada. cuándo dejé de ser para convertirme en un arquetipo irreconocible de mí misma, un monstruo. cuándo dejé de ser para abandonarme, destruirme y quebrarme en mil pedazos que soy incapaz de recomponer. cuándo.
cómo.
por qué.
simplemente dejé de ser.
Joder, vuelvo a echarte de menos. Estoy sentado en calzoncillos en esa silla amarilla que tanto odias. Llevo así mucho tiempo, creo que no he salido de casa en varias semanas. He perdido la noción del tiempo, el rumbo y muy probablemente también la cordura. Pero, de verdad, no sé qué hacer si no te tengo por aquí dando brincos de un lado a otro. Echo de menos tu olor. Me pregunto si tú echas de menos el mío. No sé qué estarás haciendo ahora. Quizá estés bailando. Riendo. Llorando. No lo sé. Yo dejé de llorar hace tiempo, creo me siento completamente apático. El dolor me consume. O quizá es el alcohol. Tampoco lo sé. Joder, ¿te das cuenta? No sé nada. Absolutamente nada. Ni siquiera sé por qué estoy aquí, por qué te dejé marchar o por qué cojones dejé de reaccionar. Estoy cansado. 

Me alimento de recuerdos. A día de hoy me resulta insoportable vivir si no es a través de algún recuerdo. Ya sabes esa manía mía de retorcer todo lo que toco, así que te podrás imaginar qué es lo que hago con esos recuerdos. Los machaco, los mutilo y los desmembro uno a uno hasta no dejar nada. Tal y como hice contigo. 
exhalo fuego, mis tripas tiemblan. oigo el gruñido de aquel perro en la colina. estoy al borde del acantilado, apunto de, y en lo único en lo que puedo pensar es en irene; minúscula, con la voz rota y los ojos llorosos. siento un zambullido en las entrañas y el vértigo me obliga a dar un paso al frente. caigo. tengo el vientre hinchado, las uñas mordidas. yo también soy un rastro enfermo en la colina. cierro los ojos y me dejo caer. el perro me despedaza desde dentro. su tacto es frío, el hocico húmedo me recorre la piel de los muslos. despierto.
Me froto los ojos con fuerza y dejo que las pestañas caigan como si fueran caspa. Escuece. Empiezo a frotar frenéticamente hasta sangrar. Tengo los dedos fríos y un nudo deshecho en la garganta. Creo que voy a vomitar. Las arcadas vienen y van y yo sigo sentada en esta taza maloliente y húmeda. En lo único en lo que puedo pensar es en los veinte tipos de hongos distintos que debo haber pillado desde que planté el culo aquí y en lo poco que me importa. Type O Negative se oye a lo lejos. Es un susurro tenue, agónico. Alguien golpea de repente la puerta. Empiezo a mover la pierna con cierto nerviosismo. «Yo solo quiero mear la puta botella de vodka.»
—¡Ocupado! —grito.
Oigo un suspiro exasperado al otro lado.
—Llevas media hora ahí metida, ¿sabes?
No contesto. Vuelven a aporrear la puerta.
—Sal de ahí si no quieres que llame a seguridad para que te saquen de los pelos.
—¡Que te largues, joder! —estallo. Le asiento una patada a la puerta casi sin darme cuenta. Inmediatamente después, alguien murmura un «está loca» o un «maldita zorra». No estoy segura. Quizá murmuraron las dos cosas. Me aprieto la sien con fuerza e intento concentrarme. Siento un hormigueo bajo el ombligo, seguido de un caliente y largo chorro de pis que sale a propulsión. Dios. Dejo que las últimas gotas caigan, una a una. El calor de mis entrañas ha sido remplazado por un repentino y desagradable escozor. Chasqueo la lengua. Probablemente se deba a mi adicción por masturbarme tres o cuatro veces al día. A veces lo hago incluso sin estar cachonda. Es la única manera que tengo de vaciarme. Me gusta estar vacía. Soy gris. Materia inerte que se tambalea de un lado a otro, embestida por el movimiento frenético de la ciudad.
No queda papel, así que me limpio con el bajo del vestido y miro al frente. Es entonces cuando me doy cuenta de que he hecho un boquete enorme en la puerta. Puedo ver a esa sucia pelirroja de tetas operadas. Se ha agachado e intenta localizarme sin mucho éxito. La luz del baño agoniza, tintinea. Me produce dolor de cabeza. Pienso en que lo mejor que puedo hacer a estas alturas es largarme, así que tiro de la cadena, me subo las bragas y salgo.
—Quién coño te crees que eres, ¿eh? —la pelirroja me mira desde arriba con desdén. En ese momento deseo medir quince centímetros más para alcanzarle la cara de un puñetazo, pero recuerdo que no me hace falta. Agarro la botella de vodka vacía del bolso y se la parto en la boca.
—¡Dios! —Apenas si podía hablar. Parpadeaba como un crío, estaqueada en mitad del baño con ese hilillo de baba colgando del labio—. Me has roto un hueso. ¡Me has roto un puto hueso, te digo!
Tenía ganas de reír pero estaba cabreada. Me araño la cara. Me arranco el pelo. Rabia, rabia contenida. Rabia. Rabia. Rabia. La luz que parpadea me ciega durante un segundo.
la sonrisa traicionera, volátil, la máscara. la verdad oculta tras una cortina de humo. 
sigo siendo aquel niño asustado, estaqueado en mitad del callejón con el hilillo de baba colgando. blando, pálido, descarnado. la imagen de irene me obliga a dejar de masturbarme. emito un gemido lastimero y arrugo los pies bajo la cama. el sudor me escuece en los ojos, resbala por la nariz y cae sobre el muslo. me incomoda el adiós, sus dedos fríos rodeando mi torre, el aullido desesperado desde la colina. la imagen de irene y su vientre abultado me asalta de nuevo. son las dos de la madrugada y el eco a través de la ventana revela el vacío. 
las calles de sant sadorní me engullen. veo a èrica tras la ventana, hierática, con los dedos entumecidos. el rastro de humo le desdibuja el rostro, se desvanece. me siento un viejo. un lamento ronco me recorre la espina dorsal. las manos y y los pies fríos. ardo.
me sumo en tus pesadillas mientras revoloteo sobre tu pecho y mancho de semen el colchón. soy efímero. tras la ventana veo el incendio, sus rostros convertidos en humo. me retuerzo entre tus piernas y dejo que te ahogues en un grito sordo. los demonios siguen gritándome al otro lado de la ventana, tras el muro de hormigón, en aquella colina muerta.
la rabia contenida en la jarra de cristal se derrama y me engulle. me quiebro mientras los gritos se ahogan en un mar de cólera. la liquidez de mis entrañas se tinta de rojo, me corro, la expulso y me dejo llevar por la marea. voy a la deriva y mis dedos se arrugan como pasas, el tiempo ha dejado de correr. estoy vacío. un golpe en seco grita su nombre y me fundo en negro.