«How can I be lost,
If I've got nowhere to go?
In remembrance I relive
And how can I blame you
When it's me I can't forgive»

Oía los gemidos de Ray bajo las sábanas. Guturales, desesperados. Había empezado a acompasarlos junto a los movimientos rítmicos de sus caderas. Me recorrían como el amor de la aguja recorre camino a través de mis venas. Cerré los ojos y apreté las piernas. Podía sentir aquellos gimoteos suplicantes filtrarse, uno a uno, por cada poro de mi piel. Inundándome, ahogándome entre madrugadas vacías. Intenté fumarme un cigarrillo mientras Ray se frotaba la polla contra el colchón, imaginando que Vera estaba chupándosela tras el turno de noche. Ese anhelo roto, violento, que definía el instinto primitivo, el dominio absoluto contra todas aquellas mujeres de piel tersa y coño húmedo, se aglomeraba antes del orgasmo. Antes del límite. La respiración de Ray, errátil y sucia, subía por paredes agrietadas, buscando palpar ese anhelo obsceno. Perdiéndose. Los gruñidos escapaban de entre sus dientes, fundiéndose con el humo del tabaco. Di una calada lenta y apagué el cigarrillo en uno de los cojines. Se me había puesto dura. Empecé a masturbarme con fuerza, apretando la mandíbula mientras arqueaba la espalda. Apenas advertía un bulto difuso moverse rápido, unas uñas clavadas con brutalidad en la almohada. La habitación olía a sudor y semen. Esa agitación incesante, entre lo caótico y lo bello, me revolvía las entrañas. Pensé en negro y me corrí, manchando las sábanas con rabia. La sensación de volatilidad se escurrió de entre mi dedos, dejándome absorto en la neblina del tabaco. Alguien acompasó la respiración a mi lado. Noté cómo una mano tanteaba mi vientre, acariciando cada vestigio.
—Hoy no me has hecho el amor.
Vera empezó a bajar de la garganta al pecho con los dientes, dejando un reguero de ausencia en cada mordisco. Palpaba los latidos tenues, los gorgoteos de mis pulmones anegados. Estaba respirando el humo de aquella última calada. Estaba respirando. Dime, ¿cuántas veces puede morir un hombre?

5 comentarios:

  1. No me cansaré nunca de decirte que adoro esa fuerza que transmites con cada escena, de verdad. Es que me encanta.

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  2. Le tengo que dar la razón a Andrea porque, joder, tanta genialidad es demasiado..
    La última frase. Pff.

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  3. A la última pregunta del texto: no muchas, pero se reducen después de leer ésto.

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  4. El hombre empieza a morir desde el momento en el cual nace, así que a lo largo de su vida morirá cada momento en el que pierda sus fuerzas, sus esperanzas, sus sueños no se cumplan, las personas que ama se vayan de su lado, o las personas que anhelan miran hacia otro lado; morirá cada vez que cierra los ojos y volverá a la vida cada vez que los vuelva abrir. Moriremos tantas veces que nunca sabremos con certeza si estamos vivos o no, aunque nos despertemos al día siguiente, aunque follemos hasta perder la consciencia, aunque caminemos sin saber hacia dónde vamos.

    Tú y tus textos sois otra forma de morir. Una agradable forma de morir. Porque nunca sabes con certeza si seguirás vivo para seguir leyendo letras tan extraordinarias como las tuyas.

    Un saludo, K.

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  5. Cada vez que vengo por aquí se me queda un sabor en la boca de victoria amarga, o derrota agridulce. Incluso cuando escribes algo sucio como un sexo así.
    Eres de mis preferidas, Kryptonite. siempre.

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