«And when your hand is on your heart, 
you're nearly a good laugh, almost a joker
[…]
You're nearly a laugh, 
but you're really a cry
»

Ray solía sentarse sobre el borde del abismo con una cerveza en el bolsillo interior de la cazadora. Se quedaba allí, con los pies colgando ante un mar de desidia y pena, contemplando danzar las vidas de aquellos hombres y mujeres que nunca podría llegar a ser. De vez en cuando pasaba aquel cigarrillo húmedo, impregnado en sal y alcohol, por los labios inhiestos, de comisura a comisura. Rozándolos, instándolos a abrirse para respirar. Las pequeñas bocanadas de aire se perdían a lo largo y ancho de su pecho, filtrándose en cada poro, inundando todos los recovecos astillados de su cuerpo. Cuando ese insólito y peculiar fenómeno sucedía, Ray curvaba una sonrisa hastiada y lanzaba el cigarrillo al vacío mientras estiraba las piernas y alzaba el rostro al humo de la ciudad, esperando encontrar algún castigo divino que pudiera caer sobre él. Aquel hombre ahogado sabía que en su mundo no existía oxígeno por y para el que respirar. La vida le había declarado guerra abierta, pero lo que ella no sabía era que Ray vivía bajo las trincheras de su propia tibieza.
—Todos somos conscientes de que nos pudrimos antes de palmarla y no después.
Le encontraron con dos brechas en cada brazo y un boquete en la sien. Floyd se detuvo frente a él, observando la cómica situación con la altiveza de un monarca herido, y se agachó. Miró con detenimiento el interior de sus pensamientos y torció el gesto.
—Se reventó la tapa de los sesos con lo primero que pilló —dijo, levantándose mientras me miraba con cierto sarcasmo—. Aunque, bien mirado, tampoco había mucho que reventar.
Floyd cruzó la habitación y me dejó con aquel fiambre tieso y moribundo de labios cian. Se me revolvieron las tripas al recordar esos mismos labios posados sobre mi cuello y mi vientre. Cálidos, latentes. La habitación dejó de existir cuando los recordé entre mis piernas, envueltos entre gemidos y marcas en la espalda. Al fin y al cabo, Ray solo parecía estar vivo cuando me empujaba contra la pared.
—Vera —oí a lo lejos—, la policía está al caer. Hay que largarse de aquí.
El trozo de carne ensangrentado pareció guiñarme el ojo desde el suelo. Los capilares disueltos inundaban el cuerpo pajizo que yacía sobre la moqueta, creando pequeñas bifurcaciones que instaban a ser recorridas. El hedor de sus entrañas me perforó, recordándome el sudor y el sexo que solíamos desprender. Unos dedos fríos me acariciaron la nuca desnuda, deteniéndose en la primera vértebra. Floyd encendió el cigarrillo que Ray nunca llegó a probar y yo salí de la habitación con el abismo que siempre habitó en las cuencas vacías de aquellos ojos.

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