Acabé metiéndome el cañón del revólver en la garganta. Ray siempre supo que lo mío eran las mamadas profundas, esas que te arrancan arcadas y hacen que navegues entre placer y náuseas. Dolor y suciedad. Pero había algo que las mamadas nunca podrían proporcionarme; oxígeno. El frío del metal en los dientes me hacía sentir vivo. Ni yo mismo lograba entender el por qué. Solo era consciente de estar respirando cuando me follaba a la muerte. Porque el mejor sexo es aquel que logra infundirte el temor a no encontrarte tras la primera embestida. 
Me miré las manos con desidia, sujetando la cuchara del desayuno contra el paladar. Tenía las uñas sucias. Escuché a Ray hurgar en los cajones de la cocina.

¿Has estado alguna vez en un tanatorio? —pregunté—. Yo dormité por allí durante aproximadamente doce horas. Son sitios muy impersonales. Ves a gente danzar de un lado para otro con las cabezas gachas y las manos embutidas en los bolsillos. Parecen perdidos. A veces les da por parlotear mientras sonríen con muecas torcidas. Incomoda bastante. Al principio intentas quedarte con las caras, mirarles a los ojos, pero a las dos horas de recibir condolencias y apretones en el hombro desconectas. Te da igual. A ellos también, que no te hagan creer lo contrario. A las tres horas (y esto es otra aproximación) sales a estirar las piernas. Miras a través de los ventanales. No entiendes exactamente qué es lo que buscas, pero tampoco pones mucho empeño en encontrarlo. Te asomas al balcón y caminas. Alguien te ofrece un cigarrillo y tú aceptas. Uno más no te matará. Te lo fumas sin decir nada y vuelves a entrar. Sales. Te sientas. Sales. Te sientas. Saludas. Sales. Sales. Sales. Te quedas fuera y acabas acurrucándote en el suelo. Permaneces allí, arremolinado en una esquina, mirando a la nada. Te dicen que comas algo, así que bajas al bar y pides un dónut. Intentas alargarlo media hora, pero no te llega ni para diez minutos. Te duele el estómago. Vuelves a subir con los brazos cruzados sobre el pecho. Entras. Escuchas voces pero no les prestas atención. ¿Para qué? Los tanatorios son absurdos. Luego llegas a casa y te metes en cama con la ropa puesta porque estás cansado de tanta mierda. No te lavas los dientes. Tampoco te duchas. Qué más dará. No duermes. Das vueltas sobre ti mismo y recalientas el colchón. Es absurdo, pero pese a eso sigues sintiendo frío. El dónut ha desaparecido, dejando un rastro de rugidos lastimeros entre las sábanas. Tampoco te importa. Siempre ha habido un hueco por ahí. Un vacío. Una nada. Te acostumbras a convivir con ella. 
»A la mañana siguiente todo sigue igual. ¿Sabes lo gracioso del asunto? Que todo, siempre, sigue y va a seguir igual. Es un desperdicio de energía. Te levantas, te preparas y sales al mundo. A él le da lo mismo que lleves tres cafés encima que veinte cajetillas tras la espalda. Eres un murmullo más. Un día, mientras te arrancas las uñas con los dientes, te das cuenta de que no sabes cuánto tiempo ha pasado. Has perdido la cuenta. ¿Dos días? ¿Siete meses? Quizá dos, dejó de hacer frío. Piensas en lo irritante de la primavera. Luego, entre piel y huesos, confiesas que todo, absolutamente todo, te produce una apatía contagiosa. Entonces te ríes. Es desagradable, un sonido roto y ausente. Un rasguño en la pizarra. Repiquetea en tus dientes. Y lloras. Lloras porque te ha resultado tan lastimero, tan patético, que no puedes hacer otra cosa; llorar. Te cabreas porque odias emerger entre espasmos y jadeos. Gimoteas a trompicones, a patadas, peleándote con todo aquello que te llena de fuego y trincheras. Bebes, porque el ardor del alcohol te duele en la boca del estómago y lo sientes auténtico. Bebes hasta quedarte ciego. De odio. De pena. Qué más dará. La cuestión es quedarte en esa neblina que te turba y te arranca de raíz. Te destronca. Vuelas. Pero, ¿sabes qué? Que luego caes. Caes y te da igual. Te dejas hacer. No importa contra qué o quién te estrelles. La cuestión es estamparse. Imaginas tu cara eapachurrada contra el asfalto, con los dientes enfundados en el canto de alguna acera. Es entonces cuando te cercioras de lo jodido que estás. De lo perdido, miserable y vacío que siempre te has sentido. Cuando estás a punto de encontrarte con el suelo, justo en el preciso momento antes de, reaccionas. En esos momentos todo es real. Intenso. El antes de tiene ese efecto. Siempre antes, nunca después. Antes de dejarte caer sobre el vacío, antes del último trago, antes del primer cigarrillo, antes de asestar el golpe. Antes de. ¿Y luego? Luego nada. Vuelves a sonreír porque te sigue dando igual. Así que bebes. Fumas. Follar no follas. ¿De qué serviría? Estás vacío. ¿De qué iban a llenarte? Las pollas o los coños, cuando estás así de jodido, no llenan. Te rompen. Pretender amar cuando no te amas a ti mismo. Absurdo. Besar. ¿Qué es eso? Gilipolleces. Prefieres besar la boquilla del cigarro. Al menos a ella la sientes cálida de verdad. Entreabres los labios, das un paso al frente y tiras la colilla al mar a las cinco de la madrugada. Sabes que ha pasado mucho tiempo. Décadas, quizá. Te sientes viejo. Recuerdas el tanatorio. No, joder. Solo han pasado cuatro meses. ¿Qué coño es eso del espejo? Es espantoso. Mira ese ojo morado. Aquel labio roto. No te atrevas siquiera a levantarte la camisa, no quieras saber qué hay ahí. Te miras las manos, los nudillos desnudos. Te dices a ti mismo que lo que hay en las muñecas tampoco te conviene. Miras a esas pupilas apagadas y dices, "Floyd, ¿qué coño ha pasado? ¿Cómo te has sumergido tan pronto en tus propias entrañas? ¿Qué pretendías encontrar? Estás vacío." Un día te levantas y, por primera vez en mucho tiempo, te das cuenta de que has soñado. Piensas en su nombre. Te miras las manos y te atreves a pensar en lo impensable. "¿Me vas a salvar tú?". Entonces lo susurras. 

Por favor. 

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