sigo siendo aquel niño asustado, estaqueado en mitad del callejón con el hilillo de baba colgando. blando, pálido, descarnado. la imagen de irene me obliga a dejar de masturbarme. emito un gemido lastimero y arrugo los pies bajo la cama. el sudor me escuece en los ojos, resbala por la nariz y cae sobre el muslo. me incomoda el adiós, sus dedos fríos rodeando mi torre, el aullido desesperado desde la colina. la imagen de irene y su vientre abultado me asalta de nuevo. son las dos de la madrugada y el eco a través de la ventana revela el vacío.