Me froto los ojos con fuerza y dejo que las pestañas caigan como si fueran caspa. Escuece. Empiezo a frotar frenéticamente hasta sangrar. Tengo los dedos fríos y un nudo deshecho en la garganta. Creo que voy a vomitar. Las arcadas vienen y van y yo sigo sentada en esta taza maloliente y húmeda. En lo único en lo que puedo pensar es en los veinte tipos de hongos distintos que debo haber pillado desde que planté el culo aquí y en lo poco que me importa. Type O Negative se oye a lo lejos. Es un susurro tenue, agónico. Alguien golpea de repente la puerta. Empiezo a mover la pierna con cierto nerviosismo. «Yo solo quiero mear la puta botella de vodka.»
—¡Ocupado! —grito.
Oigo un suspiro exasperado al otro lado.
—Llevas media hora ahí metida, ¿sabes?
No contesto. Vuelven a aporrear la puerta.
—Sal de ahí si no quieres que llame a seguridad para que te saquen de los pelos.
—¡Que te largues, joder! —estallo. Le asiento una patada a la puerta casi sin darme cuenta. Inmediatamente después, alguien murmura un «está loca» o un «maldita zorra». No estoy segura. Quizá murmuraron las dos cosas. Me aprieto la sien con fuerza e intento concentrarme. Siento un hormigueo bajo el ombligo, seguido de un caliente y largo chorro de pis que sale a propulsión. Dios. Dejo que las últimas gotas caigan, una a una. El calor de mis entrañas ha sido remplazado por un repentino y desagradable escozor. Chasqueo la lengua. Probablemente se deba a mi adicción por masturbarme tres o cuatro veces al día. A veces lo hago incluso sin estar cachonda. Es la única manera que tengo de vaciarme. Me gusta estar vacía. Soy gris. Materia inerte que se tambalea de un lado a otro, embestida por el movimiento frenético de la ciudad.
No queda papel, así que me limpio con el bajo del vestido y miro al frente. Es entonces cuando me doy cuenta de que he hecho un boquete enorme en la puerta. Puedo ver a esa sucia pelirroja de tetas operadas. Se ha agachado e intenta localizarme sin mucho éxito. La luz del baño agoniza, tintinea. Me produce dolor de cabeza. Pienso en que lo mejor que puedo hacer a estas alturas es largarme, así que tiro de la cadena, me subo las bragas y salgo.
—Quién coño te crees que eres, ¿eh? —la pelirroja me mira desde arriba con desdén. En ese momento deseo medir quince centímetros más para alcanzarle la cara de un puñetazo, pero recuerdo que no me hace falta. Agarro la botella de vodka vacía del bolso y se la parto en la boca.
—¡Dios! —Apenas si podía hablar. Parpadeaba como un crío, estaqueada en mitad del baño con ese hilillo de baba colgando del labio—. Me has roto un hueso. ¡Me has roto un puto hueso, te digo!
Tenía ganas de reír pero estaba cabreada. Me araño la cara. Me arranco el pelo. Rabia, rabia contenida. Rabia. Rabia. Rabia. La luz que parpadea me ciega durante un segundo.

1 comentario:

  1. Qué placer leerte y qué suerte haberte encontrado de casualidad.
    Me quedo por aquí.

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