Tengo los pies fríos. Creo que la hierba me está absorbiendo. Grandes raíces nacen de la tierra húmeda y me agarran de los tobillos, me aprietan, me hunden. Suben por la pantorrilla hasta llegar a la boca. Aprieto los dientes y cierro los ojos. No quiero que entren. Si desaparezco sin dejar rastro las raíces no podrán encontrarme. Quiero convertirme en humo. Imagino el mar en calma. Oscuro. Gélido. Muerto. A lo lejos oigo la tierra bramar. Me digo a mí misma que si me zambullo me perderé en él y así las raíces no me alcanzarán. Abro la boca bajo el agua y se me llenan los pulmones. Ardo. La sal escuece en las entrañas. Creo que estoy llorando. No me puedo mover. El frío de los pies me alcanza los ojos. Estoy en el vacío absoluto. Cuando estoy a punto de desvanecerme siento que el mar empieza a drenarse. Respiro fuego. Cierro tan fuerte los ojos que creo que de ellos brota sangre. Quiero que las lágrimas me surquen las mejillas y caigan al suelo como si fueran semillas y que de ellas nazcan girasoles. Altos, tan altos que rocen el cielo. Que se conviertan en sol, luz, guía. Me imagino a los girasoles a mi alrededor y me siento pequeña. Me hago un ovillo y me quedo allí, esperando algo que sé que nunca llegará. 

1 comentario:

  1. He sentido verdadera angustia con tus palabras. Creo que es necesario dejar por escrito que a veces lo que creemos que nunca llega ocurre sin darnos tiempo ni siquiera a sorprendernos. La vida y sus caminos son verdaderamente imprevisibles, y a veces muy muy bellos. La sal cuando deja de escocer se convierte en alegría.

    Besos.

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