De cómo Abraham, el líder de la rebelión, es juzgado.

El patíbulo de ejecución está abarrotado de gente. Todos están de pie, formando filas pulcras y simétricas mientras sostienen una máscara blanca que cubre sus rostros. El sol ilumina la plaza con fuerza. Del suelo nace humo. El silencio sepulcral recorre a Abraham, que se encuentra frente al atrio. Es consciente del dónde, el cómo y el por qué. El régimen ha preparado un juicio contra los líderes de la rebelión y él sabe a ciencia cierta que a estas alturas va a estar algo más que complicado escapar. Abraham y su compañero están de rodillas frente al atrio, que por el momento está vacío, mientras el resto del pueblo los observa. Tras las máscaras se atisba el miedo, los ojos inquisidores. Todos han sido obligados a estar allí para ver lo que ocurre cuando atentas contra el régimen. Abraham mira al suelo con las manos atadas tras la espalda. Tiene el semblante sombrío, pensativo. No se inmuta, el silencio de la plaza parece envolverle. Su compañero intenta disimular el temblor de las manos y el castañeo de la mandíbula. Abraham alza la cabeza y mira a su compañero. Los dos muestran signos de malnutrición y visten los uniformes de la rebelión algo maltrechos. Bajo la apatía se siente cobarde y mustio y no sabe cómo quitarse la sensación de encima. Está crudo, descarnado bajo el sol. Siente como si estuviera cayendo hacia arriba y lo único que quiere es encontrarse con el suelo. Su compañero deja de temblar y de sus ojos brota el pánico. A lo lejos vemos cómo la figura del dictador supremo se acerca hacia ellos a través de la gran plaza, casi kilométrica. Su paso es firme, pero su figura es menuda, casi insignificante. Les pasa por delante y se planta frente al atrio. Abraham no consigue verle la cara. 

Abraham recuerda la sala blanca. La perfecta, infinita y espeluznante sala blanca. Por aquel entonces todo era muy distinto; el régimen acababa de ser implantado y gozaba de poder. Él fue uno de los primeros individuos con los que experimentaron en esas salas y, de hecho, para los científicos él era un sujeto interesante. Abraham se vuelve a ver allí, en esa habitación sin ventanas ni puertas. Sin luz. Despierta en el suelo, desconcertado. Lleva un mono carcelario de manga corta, de un blanco impoluto. Tiene el pelo sucio y enredado cubriéndole la cara. Tras unos momentos de confusión, se lleva las manos a la cabeza para intentar de mitigar la jaqueca. Mira a su alrededor con miedo, tratando de familiarizarse con el entorno. Las luces se encienden de repente y el blanco de las paredes ciega a Abraham durante unos segundos.

- Hola, Abraham. ¿Qué tal va el dolor de cabeza?

Él da un respingo, asustado al escuchar la voz de la mujer. Es suave y aterciopelada. Se dirige a Abraham de forma pausada, con seguridad. Abraham busca su procedencia algo angustiado y, al percatarse de que no hay salida, abre los ojos de par en par y se le entrecorta la respiración. Distingue un altavoz en una de las esquinas de la habitación. Se levanta con semblante turbio y se acerca a él. Abraham mira a su alrededor, dándose cuenta de que en esa habitación solo están él y el altavoz.

El silencio de la plaza se transforma en un bramido. Todos se preparan, el juicio está a punto de comenzar.

1 comentario:

  1. Sé que dices que te está costando volver a escribir pero te he reconocido en este texto y he reconocido la emoción y las ganas de leer todo lo que tengas que darnos. Si esta es tu forma de salir del vacío, sal, por Dios. Si esta es tu forma de atascarte ojalá nunca te desatasques porque si lo haces explotaré.
    Gracias.

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